Saturday, September 30, 2006
Friday, September 29, 2006
La ri(di(et)culez
"Lo increíble es el sueño de la flacura. El target de las modelos y princesas. Con las clavículas y omóplatos expuestos. La anorexia ya no es una enfermedad: es una aspiración estética. Es la consagración de la paradoja. La del ayuno voluntario en un mundo que en gran parte tiene que ayunar involuntariamente."
(Fragmento escogido por superloyds de la columna "Puerto Libre", por Orlando Barone, suplemento enfoques de la nación del domingo 24 de septiembre de 2006)
(Fragmento escogido por superloyds de la columna "Puerto Libre", por Orlando Barone, suplemento enfoques de la nación del domingo 24 de septiembre de 2006)
Thursday, September 28, 2006
Cambio de planes
La lectura de hoy queda suspendida. Vaya un fuerte abrazo a un buen amigo y su familia en este momento.
Wednesday, September 27, 2006
Tuesday, September 26, 2006
Todo en su lugar
La revancha quedó en casa. Arrancaron mejor los amigos cordobeses, pero gracias a nuestra incorporación paraguaya y a la dupla cu-ca pudimos darlo vuelta. Córdoba 1 - Buenos Aires 1. El partido definitivo, a fin de año, en rosario o bahía blanca. Más detalles y fotos del encuentro y post encuentro, acá.
eyos y llo
a la cara novedosamente flaca
se le salen las arrugas la vejez
no se adelgaza no es diet
la enana filosofa profundo
viaja de querida en hilo dental
habla de foucault y toma
cerveza en el piso de pinotea
la leguleya embarazada
se caga en todos los códigos
deriva billetes ajenos y se casa
con un juez amigo
el borracho grita no sé tomar
los amigos fuera del fogón
el show de caju y el calor sólo
para los invitados de la novia
los poetas súbitamente enamorados
se toquetean en las terrazas
los cruces los llantos los carteles
la casa que se cae a pedazos
entretanto yo tomo fernet
sueño con un hermano muerto
la boca seca me suena
temblorosa y al final dos manos
tardías no me aplauden
se le salen las arrugas la vejez
no se adelgaza no es diet
la enana filosofa profundo
viaja de querida en hilo dental
habla de foucault y toma
cerveza en el piso de pinotea
la leguleya embarazada
se caga en todos los códigos
deriva billetes ajenos y se casa
con un juez amigo
el borracho grita no sé tomar
los amigos fuera del fogón
el show de caju y el calor sólo
para los invitados de la novia
los poetas súbitamente enamorados
se toquetean en las terrazas
los cruces los llantos los carteles
la casa que se cae a pedazos
entretanto yo tomo fernet
sueño con un hermano muerto
la boca seca me suena
temblorosa y al final dos manos
tardías no me aplauden
Friday, September 22, 2006
Bienvenidos
Thursday, September 21, 2006
Wednesday, September 20, 2006
Es hora de recuperar la magia del cine
"En 1978, a los 18 años, disparé por primera vez una cámara de super 8 en Barrancas de Belgrano. Quería filmar algo, lo que fuera. Lo que me tocó en suerte fue una familia de gitanos sentados en el pasto. No me daban bola, no les tuve que decir que no mirasen la cámara porque eso que me temblaba en las manos se parecía más a una radio portátil que a cualquier otra cosa, una Kodak rectangular, de plástico. Gasté todo el rollo de tres minutos en una única toma. Al fin y al cabo eso es lo que había que hacer.
Con tomas así de largas, digamos, ya estabas haciendo algo diferente, algo como me mostraban esas películas tan sofisticadas que podía ver todos los viernes a la noche en La Manzana de las Luces. Allí se había instalado un cineclub, bah, unas sillas y un proyector de 16 mm. que pasaba lo que parecía estar cambiando el futuro del cine: Wenders y 'Movimiento falso', Fassbinder y ´La angustia corroe el alma'.
Lo primero que a uno le impactaba de este tipo de cine es que había momentos, perdón por la simpleza, que parecía no pasar nada. La antítesis del continuado en el cine Unión y los sábados de super acción. Esto era lo que uno tenía que hacer si quería ser un director de vanguardia, lo sano y más práctico: tomas a fondo de rollo.
Dejar simplemente que las cosas pasaran frente al lente o, mejor dicho, 'captar los acontecimientos desde una nueva sensibilidad'.
Así, de esta forma no tan compleja, uno podía adquirir sin demasiada transpiración una personalidad interesante. Una especie de pasaporte fosforescente que te destacaba del resto de los simples mortales que disfrutaban como chanchos con 'Río Rojo', 'Fuerte apache', 'Cantando bajo la lluvia', 'Fiebre de sábado por la noche' y toda esa serie interminable de bobadas complacientes fabricadas para las masas que se resistían malcriadas a sufrir frente a la pantalla.
Van pasando las décadas y cambian las modas, pero la constante es que con dos o tres truquitos estilísticos, si algún charlatán en una escuela te ayuda a detectarlos, uno se puede convertir automáticamente en el hoy del cine y engrupir a novias y críticos. No hay riesgo y si se te va la mano decís que es un homenaje.
Una vez sentado en el lomo de la correcta atmósfera que la moda sugiere, podés darte el lujo hasta de mear de un chorro a Hawks, Wyler, Wilder y, por qué no, a la nouvelle vague.
Esto se fue haciendo descaradamente evidente y llegó a su máxima expresión con el chiste que Lars Von Trier les jugó a todos con el Dogma.
¿Y ahora? ¿Dónde estamos ahora? ¿Es ésta una nueva era? ¿Se habrá vencido finalmente al virus de tanta autoconciencia?
Sería fantástico que el cine de ficción vuelva a entender para qué sirve. Que vuelva a simplemente querer contar bien historias interesantes (como si esto fuera poco). Dejemos al arte dramático del cine un poco en paz de política y de modas.
Hagamos cine para unir a la gente, no para separarla por pensar distinto, no para excluirla porque narramos como eunucos snobs, no para mirarla de costado porque genuinamente no entienden, y sobre todo, dejemos de echarles la culpa por esto. La culpa es de los que hacemos cine. No nos olvidemos que los tenemos ilusionados sentados a oscuras."
(Columna de opinión de alejandro agresti, publicada en espectáculos de la nación del domingo 27 de agosto de 2006)
Con tomas así de largas, digamos, ya estabas haciendo algo diferente, algo como me mostraban esas películas tan sofisticadas que podía ver todos los viernes a la noche en La Manzana de las Luces. Allí se había instalado un cineclub, bah, unas sillas y un proyector de 16 mm. que pasaba lo que parecía estar cambiando el futuro del cine: Wenders y 'Movimiento falso', Fassbinder y ´La angustia corroe el alma'.
Lo primero que a uno le impactaba de este tipo de cine es que había momentos, perdón por la simpleza, que parecía no pasar nada. La antítesis del continuado en el cine Unión y los sábados de super acción. Esto era lo que uno tenía que hacer si quería ser un director de vanguardia, lo sano y más práctico: tomas a fondo de rollo.
Dejar simplemente que las cosas pasaran frente al lente o, mejor dicho, 'captar los acontecimientos desde una nueva sensibilidad'.
Así, de esta forma no tan compleja, uno podía adquirir sin demasiada transpiración una personalidad interesante. Una especie de pasaporte fosforescente que te destacaba del resto de los simples mortales que disfrutaban como chanchos con 'Río Rojo', 'Fuerte apache', 'Cantando bajo la lluvia', 'Fiebre de sábado por la noche' y toda esa serie interminable de bobadas complacientes fabricadas para las masas que se resistían malcriadas a sufrir frente a la pantalla.
Van pasando las décadas y cambian las modas, pero la constante es que con dos o tres truquitos estilísticos, si algún charlatán en una escuela te ayuda a detectarlos, uno se puede convertir automáticamente en el hoy del cine y engrupir a novias y críticos. No hay riesgo y si se te va la mano decís que es un homenaje.
Una vez sentado en el lomo de la correcta atmósfera que la moda sugiere, podés darte el lujo hasta de mear de un chorro a Hawks, Wyler, Wilder y, por qué no, a la nouvelle vague.
Esto se fue haciendo descaradamente evidente y llegó a su máxima expresión con el chiste que Lars Von Trier les jugó a todos con el Dogma.
¿Y ahora? ¿Dónde estamos ahora? ¿Es ésta una nueva era? ¿Se habrá vencido finalmente al virus de tanta autoconciencia?
Sería fantástico que el cine de ficción vuelva a entender para qué sirve. Que vuelva a simplemente querer contar bien historias interesantes (como si esto fuera poco). Dejemos al arte dramático del cine un poco en paz de política y de modas.
Hagamos cine para unir a la gente, no para separarla por pensar distinto, no para excluirla porque narramos como eunucos snobs, no para mirarla de costado porque genuinamente no entienden, y sobre todo, dejemos de echarles la culpa por esto. La culpa es de los que hacemos cine. No nos olvidemos que los tenemos ilusionados sentados a oscuras."
(Columna de opinión de alejandro agresti, publicada en espectáculos de la nación del domingo 27 de agosto de 2006)
Baileys, sin hielo
-Sin embargo, cuando habla, parece que sí buscara palabras destellantes. Su escritura parece ser más llana que su oralidad.
-Es curioso. Estoy de acuerdo y no me lo habían dicho antes. Aunque a veces trato de escribir como si estuviera hablando. Procuro reproducir en la escritura el habla natural, lo que se oye en las calles. No me gustan los libros que son culteranos, los que se distancian de la realidad. Aquéllos en los que el escritor, de contrabando, trata de hacer notar lo inteligente o lo erudito que es empequeñeciendo al lector, diciéndole "Mira cuánto sé, mira cuánto ignoras. Aprende de mí". Ese tipo de escritores no me gustan. Creo que los mejores escritores son aquellos que no se hacen notar, que son más simples. Como los árbitros de fútbol... Es una comparación muy tonta pero siempre pensé, y a mí me encanta el fútbol, que el mejor árbitro es aquel que no detiene mucho el juego, que no tiene un afán de protagonismo. Aquel que entiende que la gente no ha pagado para verlo a él sino para disfrutar del fútbol. Los buenos escritores deben esconderse y dejar que la historia tenga poder hipnótico sobre el lector.
-Pero su último libro es muy autorreferencial, está escrito en primera persona.
-Hablo del estilo, no de volcar en la literatura pedazos de la copia de uno, aunque eso es algo que está muy marcado en mi novela y supongo que cambiará. Siempre escribo en mis novelas cosas que viví o cosas que no pude vivir y para migrar esa frustración intento vivirlas en la literatura.
-Se extravía tanto en la escritura como se extravía en la vida?
-Ahora me extravío más en la literatura de lo que me pierdo en la vida. Creo que en la vida soy más conservador, en cambio en la literatura me permito algunas aventuras, algunos desenfrenos o algunas desmesuras que ya no me permito en la vida.
-¿Qué es usted? ¿O qué considera que es?
-Soy un tonto ante todo, probadamente, genéticamente.
-¿Genéticamente?
-Se nace inteligente o se nace tonto. Nadie elige las neuronas que tiene.
-Jaime, es determinista. Nadie, ni usted, cree eso.
-Yo sí. Además creo que es una gran liberación asumirse tonto. Te diré más: creo que los escritores somos mucho más tontos de lo que pensamos. Los escritores somos niños, tremendamente vanidosos, narcisistas, caprichosos. Somos unas prima donna. Fijate cómo se pelean. No hay cosa más atroz que un congreso de escritores. Todos se odian, se detestan, se clavan puñales, se pelean, nunca perdonan una mala crítica, detestan el éxito ajeno. Siempre que otro triunfa, es triunfo les correspondía a ellos. Seguramente, eso no pasa en un congreso de dentistas o de ingenieros o de futbolistas.
-¿Le parece una característica de todos los escritores?
-Creo que la mayor parte somos muy egocéntricos. Estamos demasiado pendientes de una buena o mala crítica. La opinión del otro nos importa mucho. Mi experiencia es que un escritor raramente perdona una mala crítica. Es infrecuente que consiga separar su obra de su persona. Por ejemplo, si alguien le dice que su novela es una mierda, es imposible que ese escritor le diga: "Bueno, está bien, es tu punto de vista, vamos a tomar una copa". De inmediato, esa persona se convierte en un enemigo, peor si es otro escritor, no lo perdonamos nunca. Los escritores nos creemos muy inteligentes pero no actuamos con inteligencia.
-En la revista Veintitrés le dedicó una doble página a su estufa eléctrica portátil...
-Es una anécdota rigurosamente cierta. Soy muy friolento. Y luego de levantarme no hago nada. En realidad, leer y escribir son verbos casi sinónimos de vagar o divagar. Yo soy un vago, de hecho todos los escritores lo somos. Yo no conozco a ningún escritor que se dedique al trabajo. Somos todos grandes haraganes y nos hemos inventado este oficio para no salir de casa, para no tener que ir a una oficina y soportar a un jefe. Es una manera fantástica de no hacer nada, de tener una vida sedentaria, cómoda y, con suerte, se gana dinero.
-¿Se sienta y escribe o no siempre sale?
-¡Nunca me sale!
-¿Y se queda sentado igual?
-Cuando no me sale me paro y camino. Salgo al jardín, a la terraza, camino, hablo conmigo mismo hasta que encuentro algo. Pero escribir siempre es una agonía, más en estos tiempos en los que hay tantas formas de distracción: internet, el chat, el celular, el teléfono, las series de televisión. Siempre hay mil razones para no escribir porque nadie te obliga a hacerlo. No hay jefe. No hay nada.
-¿Se siente mal cuando pasa el tiempo y no escribe?
-Ah, sí, sí. No me lo perdono. Soy muy culposo. Y cuando no escribo siento que soy un vago imperdonable. En cambio, cuando escribo, siento que soy un vago feliz. Y esas horas que he dedicado a escribir, al margen de que lo que haya hecho tenga algún valor, ya completan el día. Cuando escribo me siento bien, con derecho a seguir tonteando.
(de la entrevista a jaime baily publicada en la revista playboy argentina, en el número 05 de mayo de 2006)
-Es curioso. Estoy de acuerdo y no me lo habían dicho antes. Aunque a veces trato de escribir como si estuviera hablando. Procuro reproducir en la escritura el habla natural, lo que se oye en las calles. No me gustan los libros que son culteranos, los que se distancian de la realidad. Aquéllos en los que el escritor, de contrabando, trata de hacer notar lo inteligente o lo erudito que es empequeñeciendo al lector, diciéndole "Mira cuánto sé, mira cuánto ignoras. Aprende de mí". Ese tipo de escritores no me gustan. Creo que los mejores escritores son aquellos que no se hacen notar, que son más simples. Como los árbitros de fútbol... Es una comparación muy tonta pero siempre pensé, y a mí me encanta el fútbol, que el mejor árbitro es aquel que no detiene mucho el juego, que no tiene un afán de protagonismo. Aquel que entiende que la gente no ha pagado para verlo a él sino para disfrutar del fútbol. Los buenos escritores deben esconderse y dejar que la historia tenga poder hipnótico sobre el lector.
-Pero su último libro es muy autorreferencial, está escrito en primera persona.
-Hablo del estilo, no de volcar en la literatura pedazos de la copia de uno, aunque eso es algo que está muy marcado en mi novela y supongo que cambiará. Siempre escribo en mis novelas cosas que viví o cosas que no pude vivir y para migrar esa frustración intento vivirlas en la literatura.
-Se extravía tanto en la escritura como se extravía en la vida?
-Ahora me extravío más en la literatura de lo que me pierdo en la vida. Creo que en la vida soy más conservador, en cambio en la literatura me permito algunas aventuras, algunos desenfrenos o algunas desmesuras que ya no me permito en la vida.
-¿Qué es usted? ¿O qué considera que es?
-Soy un tonto ante todo, probadamente, genéticamente.
-¿Genéticamente?
-Se nace inteligente o se nace tonto. Nadie elige las neuronas que tiene.
-Jaime, es determinista. Nadie, ni usted, cree eso.
-Yo sí. Además creo que es una gran liberación asumirse tonto. Te diré más: creo que los escritores somos mucho más tontos de lo que pensamos. Los escritores somos niños, tremendamente vanidosos, narcisistas, caprichosos. Somos unas prima donna. Fijate cómo se pelean. No hay cosa más atroz que un congreso de escritores. Todos se odian, se detestan, se clavan puñales, se pelean, nunca perdonan una mala crítica, detestan el éxito ajeno. Siempre que otro triunfa, es triunfo les correspondía a ellos. Seguramente, eso no pasa en un congreso de dentistas o de ingenieros o de futbolistas.
-¿Le parece una característica de todos los escritores?
-Creo que la mayor parte somos muy egocéntricos. Estamos demasiado pendientes de una buena o mala crítica. La opinión del otro nos importa mucho. Mi experiencia es que un escritor raramente perdona una mala crítica. Es infrecuente que consiga separar su obra de su persona. Por ejemplo, si alguien le dice que su novela es una mierda, es imposible que ese escritor le diga: "Bueno, está bien, es tu punto de vista, vamos a tomar una copa". De inmediato, esa persona se convierte en un enemigo, peor si es otro escritor, no lo perdonamos nunca. Los escritores nos creemos muy inteligentes pero no actuamos con inteligencia.
-En la revista Veintitrés le dedicó una doble página a su estufa eléctrica portátil...
-Es una anécdota rigurosamente cierta. Soy muy friolento. Y luego de levantarme no hago nada. En realidad, leer y escribir son verbos casi sinónimos de vagar o divagar. Yo soy un vago, de hecho todos los escritores lo somos. Yo no conozco a ningún escritor que se dedique al trabajo. Somos todos grandes haraganes y nos hemos inventado este oficio para no salir de casa, para no tener que ir a una oficina y soportar a un jefe. Es una manera fantástica de no hacer nada, de tener una vida sedentaria, cómoda y, con suerte, se gana dinero.
-¿Se sienta y escribe o no siempre sale?
-¡Nunca me sale!
-¿Y se queda sentado igual?
-Cuando no me sale me paro y camino. Salgo al jardín, a la terraza, camino, hablo conmigo mismo hasta que encuentro algo. Pero escribir siempre es una agonía, más en estos tiempos en los que hay tantas formas de distracción: internet, el chat, el celular, el teléfono, las series de televisión. Siempre hay mil razones para no escribir porque nadie te obliga a hacerlo. No hay jefe. No hay nada.
-¿Se siente mal cuando pasa el tiempo y no escribe?
-Ah, sí, sí. No me lo perdono. Soy muy culposo. Y cuando no escribo siento que soy un vago imperdonable. En cambio, cuando escribo, siento que soy un vago feliz. Y esas horas que he dedicado a escribir, al margen de que lo que haya hecho tenga algún valor, ya completan el día. Cuando escribo me siento bien, con derecho a seguir tonteando.
(de la entrevista a jaime baily publicada en la revista playboy argentina, en el número 05 de mayo de 2006)
Tuesday, September 19, 2006
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